lunes, 2 de septiembre de 2013

Vínculo Perfecto (parte 1)

Desde que tengo uso de razón, ellos eran mis héroes. No se parecían a los héroes de antaño, solamente en el nombre. Ya no eran creaciones de alguien, hechos para ser un modelo o un ideal, sino que estos eran héroes reales, de carne y hueso. Peor aún, algunos de esos héroes eran casi de mi edad. Hombres hábiles, ágiles, fuertes, pero sobre todo, brillantemente unidos. Estos héroes, para muchos de nosotros, eran los jugadores de Linkball.

Uno de los principales usos que se le había dado al vínculo mental, una vez progresado las bases del trabajo obrero coordinado, fue la implementación. No resultó tan sencillo como parecía, la gente no estaba dispuesta a unir su mente en una colmena, aún si eso significaba mucha mejor paga, y muchos mejores resultados para la sociedad. Así que se tuvo que crear una actividad en la que se viera con buenos ojos este vínculo. Así surgió la idea del Linkball.

En el Linkball, equipos de dos personas compiten en una serie de pruebas unos contra los otros; pruebas que no solo miden las capacidades físicas y mentales de los participantes, sino el vínculo que une a los equipos. A pesar de ser un deporte con muy poca audiencia los primeros años, pronto empezó a hacerse famoso gracias a las ahora leyendas. Ellos nos habían dejado el Linkball, y con ello, la generalización del vínculo.

De eso ya muchos años. Hoy, tanto el Linkball como el vínculo son actividades normales. Puedes ver en las calles niños jugando con pseudo pruebas, formando sus pequeños equipos, esperando poder crecer y ser participantes prominentes, encontrar a alguien con quien vincularse y demás. Ya no era un sueño, sino una realidad.

También yo lo había hecho, en mi momento, idolatrando a mis ídolos, sentado frente al sensovisor, jugando a ser ellos, y soñando con el día en que me reclutaran por mis habilidades. Claro que soñé con que ese día llegaría, pero me cuesta decirles que creía que pasaría realmente. Era un sueño. Hoy deja de serlo.

Fue por mera casualidad que me descubrieron. Yo estaba regresando de mi escuela, sin prestar atención a mis alrededores, simplemente soñando despierto, cuando un automóvil casi me arrolla. No me había dado cuenta que estaba a mitad de la calle, de la misma manera que el automovilista no se dio cuenta que yo estaba ahí. Para sorpresa suya, con un movimiento ágil, giré sobre mi propio eje y esquivé el auto en una pequeña fracción de segundo. Para mi sorpresa, el dueño del auto era nada menos que Ricardo Ramírez, manager de Linkball. Inmediatamente solicitó que me reclutaran, y después de las pruebas pertinentes, aquí estoy.

Sabía cómo funcionaba el proceso. Primero te hacían pruebas físicas y mentales para asegurarse que eras apto para participar. Después, te hacían pruebas más complejas, reflejos, resistencia, demás, para asegurarse que tenías las habilidades necesarias para participar. Por último, entrabas a prácticas. Estas podían durar una cantidad indefinida de tiempo, hasta que se cumpliera uno de dos factores: O alguna de las dos partes decidía que no servías, o te encontraban un compañero, y procedían a vincularlos, tras lo cual todo era Linkball. Había casos de personas que esperaban años por una pareja, entrenando, afinándose, aunque el periodo promedio era poco más de un año.

Claro, también había casos como el de Antonio Hernández, cuyo proceso, según cifras oficiales, había tomado exactamente 36 minutos.
Antonio formaba parte de uno de los mejores equipos de la actualidad, un equipo especialmente interesante, porque desafiaba muchos estereotipos. Primero que nada, tenían 23 años, a diferencia de la mayoría de los equipos, quienes rondaban los 35 años. Segundo, eran un equipo mixto, lo cuál, en el papel, constituía una desventaja para ellos. En la práctica, no lo era. Pocas parejas en el mundo podían compararse con ellos. Más claro aún, pocas parejas en la historia podían, y su papel en la historia se hace más grande con cada victoria.

Y ahora, yo estoy en el mismo estadio de entrenamiento que ellos. Podía verlos en la distancia, perfectamente sincronizados. Me ilusionaba mucho algún día estar con ellos. Ahora tengo que luchar para quedarme aquí, con la esperanza de algún día llegar a su nivel.

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