Había un empate, y como siempre, debía resolverse con un
enfrentamiento cuerpo a cuerpo entre los competidores. Eso era bien sabido por
todo aquel que viera o practicara Linkball, y muchas veces, era incluso
deseable irse a este tipo de soluciones cuando una sesión estaba muy reñida.
En estos enfrentamientos, se separaban los equipos, y se
hacían dos peleas entre los integrantes. Si un equipo lograba ganar ambos
enfrentamientos, se le declaraba ganador. Pero si un integrante de cada equipo
avanzaba en su ronda, se enfrentaban los ganadores, hasta que uno de los dos
resultara vencedor.
Normalmente, estas peleas demostraban la habilidad de los
peleadores vinculados para hacer movimientos completamente distintos, y
enfrentarse contra dos impulsos peligrosos al mismo tiempo. Evidentemente, dado
que Francisco y yo no estábamos vinculados, nuestras expectativas de victoria
eran en extremo bajas.
Se sortearían las dos peleas. Todos los ahí presentes
estábamos a la expectativa, pues mucho dependía de ello. Yo, por mi parte,
estaba más preocupado por el dolor en la pierna que por cualquier otra cosa. No
importaba contra quien fuera, solo esperaba poder vencerlo rápido, y tener
tiempo para descansar un poco. Necesitaba descansar. Antonio estaba de pie
nuevamente, y estaba recibiendo un fuerte regaño de Alma, en silencio.
En todo mi tiempo practicando Linkball, nunca me había
sentido tan agotado. Pero era el último esfuerzo. Era lo único que podía
pensar. Ni siquiera me di cuenta cuando anunciaron que lucharía contra Alma,
hasta que me llamaron con intensidad para que ocupara mi lugar. Por fin, el
último punto comenzaría.
Antes de que Alma y yo intercambiáramos nuestro primer
contacto, pude escuchar un grito de sorpresa, y el anuncio de que Francisco
había sido derrotado. No esperaba más de él. Es más, inicialmente esperaba
bastante menos de lo que había hecho, y estaba enteramente agradecido con él. Siendo
honesto, siempre supe que sería yo contra ellos dos.
Al principio, la batalla con Alma se desarrolló como
cualquiera hubiera esperado: Ella me avasallaba con su velocidad, mientras que
yo, a duras penas, lograba detenerla, con todo mi esfuerzo. O eso hacía
parecer. En realidad, yo estaba acostumbrado a entrenar con alguien cuyo tren
de pensamiento excedía por mucho al de Alma. Estaba acostumbrado a entrenar con
alguien cuyos movimientos eran más rápidos e impredecibles que los de ella.
Había pasado meses intentando entender una mente mucho más veloz que la suya.
¿Cómo esperaba Alma derrotarme así?
Todos los presentes se sorprendieron cuando, después de
estar aparentemente aplastado por la vorágine de golpes de Alma, logré detener
una de sus patadas. Pude ver el miedo en sus ojos al sentirlo, sabiendo que, si
yo hubiera querido, su carrera terminaría ahí. Nadie había logrado detenerla
nunca. Nadie había sido más rápido. Pero eso era solamente porque nunca había
enfrentado a alguien como yo.
Segundos después, Alma yacía en el piso, indefensa. Tenía
su pie izquierdo entre mis brazos, listo para torcerlo todo lo que fuera
necesario para que se rindiera. Ambos sabíamos que yo era más fuerte. Ambos sabíamos que no me detendría. Así fue
como Alma, por primera vez en su carrera, fue detenida.
Al verlo, el estadio rugió de emoción. Habría punto
decisivo. Habría un último enfrentamiento. Yo, hasta hace unos pocos minutos un
chico más, acababa de vencer a Alma, miembro del mejor equipo de Linkball de la
actualidad, y tal vez de la historia. El único que no estaba feliz era Antonio.
Al verlo, tuve la certeza de que eso no tendría un final feliz. En su mirada
solo había una palabra: Muerte.
La pelea con él empezó pocos minutos después. Al
principio, parecía un combate igualado. Sin embargo, no pasó mucho tiempo antes
de que él recordara mi pierna izquierda, y enfocara sus ataques a ella. Intenté
detenerlo, incluso le conecté algunos impactos, pero fue inútil. Fue solo
cuestión de tiempo para que le conectara el primer golpe. Después de eso, no
tuve oportunidad.
Antes de que acabara el primer minuto, ya había roto en
dos partes mi pierna, sin piedad. Sin embargo, yo me negaba a rendirme,
esperando una apertura en sus defensas que me permitiera darle la vuelta a la
partida. El dolor me impedía pensar con claridad, pero no podía permitirme
perder.
En un susurro, sin mover los labios, lo escuché decir:
-Tienes muchas agallas chico. Tenías mucho futuro. Lástima que decidiste
meterte con el equipo equivocado.- Me tumbó de una patada, puso su pie sobre mi
hombro, y me dijo: -Ríndete-
Durante un instante, lo pensé. Pero al ver su rostro,
hambriento de sangre, me di cuenta que no se lo podía permitir. Negué con la
cabeza. Después de eso, solo hubo dolor.
No recuerdo mucho más. Solo sé que, en algún momento, fui
trasladado al hospital más cercano, directamente a urgencias. De eso, hace más
de tres meses.
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