domingo, 15 de septiembre de 2013

Vínculo Perfecto (parte 12)

Había un empate, y como siempre, debía resolverse con un enfrentamiento cuerpo a cuerpo entre los competidores. Eso era bien sabido por todo aquel que viera o practicara Linkball, y muchas veces, era incluso deseable irse a este tipo de soluciones cuando una sesión estaba muy reñida.
               
En estos enfrentamientos, se separaban los equipos, y se hacían dos peleas entre los integrantes. Si un equipo lograba ganar ambos enfrentamientos, se le declaraba ganador. Pero si un integrante de cada equipo avanzaba en su ronda, se enfrentaban los ganadores, hasta que uno de los dos resultara vencedor.

Normalmente, estas peleas demostraban la habilidad de los peleadores vinculados para hacer movimientos completamente distintos, y enfrentarse contra dos impulsos peligrosos al mismo tiempo. Evidentemente, dado que Francisco y yo no estábamos vinculados, nuestras expectativas de victoria eran en extremo bajas.

Se sortearían las dos peleas. Todos los ahí presentes estábamos a la expectativa, pues mucho dependía de ello. Yo, por mi parte, estaba más preocupado por el dolor en la pierna que por cualquier otra cosa. No importaba contra quien fuera, solo esperaba poder vencerlo rápido, y tener tiempo para descansar un poco. Necesitaba descansar. Antonio estaba de pie nuevamente, y estaba recibiendo un fuerte regaño de Alma, en silencio.

En todo mi tiempo practicando Linkball, nunca me había sentido tan agotado. Pero era el último esfuerzo. Era lo único que podía pensar. Ni siquiera me di cuenta cuando anunciaron que lucharía contra Alma, hasta que me llamaron con intensidad para que ocupara mi lugar. Por fin, el último punto comenzaría.

Antes de que Alma y yo intercambiáramos nuestro primer contacto, pude escuchar un grito de sorpresa, y el anuncio de que Francisco había sido derrotado. No esperaba más de él. Es más, inicialmente esperaba bastante menos de lo que había hecho, y estaba enteramente agradecido con él. Siendo honesto, siempre supe que sería yo contra ellos dos.

Al principio, la batalla con Alma se desarrolló como cualquiera hubiera esperado: Ella me avasallaba con su velocidad, mientras que yo, a duras penas, lograba detenerla, con todo mi esfuerzo. O eso hacía parecer. En realidad, yo estaba acostumbrado a entrenar con alguien cuyo tren de pensamiento excedía por mucho al de Alma. Estaba acostumbrado a entrenar con alguien cuyos movimientos eran más rápidos e impredecibles que los de ella. Había pasado meses intentando entender una mente mucho más veloz que la suya. ¿Cómo esperaba Alma derrotarme así?

Todos los presentes se sorprendieron cuando, después de estar aparentemente aplastado por la vorágine de golpes de Alma, logré detener una de sus patadas. Pude ver el miedo en sus ojos al sentirlo, sabiendo que, si yo hubiera querido, su carrera terminaría ahí. Nadie había logrado detenerla nunca. Nadie había sido más rápido. Pero eso era solamente porque nunca había enfrentado a alguien como yo.

Segundos después, Alma yacía en el piso, indefensa. Tenía su pie izquierdo entre mis brazos, listo para torcerlo todo lo que fuera necesario para que se rindiera. Ambos sabíamos que yo era más fuerte.  Ambos sabíamos que no me detendría. Así fue como Alma, por primera vez en su carrera, fue detenida.

Al verlo, el estadio rugió de emoción. Habría punto decisivo. Habría un último enfrentamiento. Yo, hasta hace unos pocos minutos un chico más, acababa de vencer a Alma, miembro del mejor equipo de Linkball de la actualidad, y tal vez de la historia. El único que no estaba feliz era Antonio. Al verlo, tuve la certeza de que eso no tendría un final feliz. En su mirada solo había una palabra: Muerte.

La pelea con él empezó pocos minutos después. Al principio, parecía un combate igualado. Sin embargo, no pasó mucho tiempo antes de que él recordara mi pierna izquierda, y enfocara sus ataques a ella. Intenté detenerlo, incluso le conecté algunos impactos, pero fue inútil. Fue solo cuestión de tiempo para que le conectara el primer golpe. Después de eso, no tuve oportunidad.

Antes de que acabara el primer minuto, ya había roto en dos partes mi pierna, sin piedad. Sin embargo, yo me negaba a rendirme, esperando una apertura en sus defensas que me permitiera darle la vuelta a la partida. El dolor me impedía pensar con claridad, pero no podía permitirme perder.

En un susurro, sin mover los labios, lo escuché decir: -Tienes muchas agallas chico. Tenías mucho futuro. Lástima que decidiste meterte con el equipo equivocado.- Me tumbó de una patada, puso su pie sobre mi hombro, y me dijo: -Ríndete-

Durante un instante, lo pensé. Pero al ver su rostro, hambriento de sangre, me di cuenta que no se lo podía permitir. Negué con la cabeza. Después de eso, solo hubo dolor.

No recuerdo mucho más. Solo sé que, en algún momento, fui trasladado al hospital más cercano, directamente a urgencias. De eso, hace más de tres meses.

No hay comentarios: